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Proyecto “Ser humano”: cómo llevamos siglos intentando convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos

Hoy el desarrollo personal es sinónimo de “hobby”. Es decir, una parte tan inseparable de la vida cotidiana como el trabajo, ver series, montar en bicicleta en primavera o leer literatura de ficción.

Proyecto “Ser humano”: cómo llevamos siglos intentando convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos

Porque si no te desarrollas, te quedas fuera. Pero ¿alguna vez te has preguntado desde cuándo esto dejó de ser simplemente una tendencia y se convirtió en una norma de nivel "must-have"? ¿Crees que fue hace poco? Entonces te espera una sorpresa.

Las personas llevan siglos intentando superarse a sí mismas; simplemente, cada siglo elevaba el listón cada vez más y cambiaba el significado que la gente ponía en la palabra "desarrollarse". Así, el desarrollo personal existía en la Edad Media e incluso en la Antigüedad, pero cambiaba radicalmente de un siglo a otro. Al fin y al cabo, cada siglo tenía su propio ideal y sus propias reglas del juego. Por eso, la historia del desarrollo personal no empieza en absoluto con aplicaciones para rastrear hábitos ni con libros de psicología, sino con… ¿la Antigua Grecia?

Paideia, sofistas y los primeros coaches

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En la Antigua Grecia, una persona no dedicaba al desarrollo personal su tiempo libre, como ahora, sino toda su vida. Formaba parte del proceso de educación de la persona y se llamaba paideia: la formación de la personalidad a través del conocimiento, los ejercicios, los hábitos y la participación en la vida de la polis. Las exigencias sociales eran increíblemente altas: una persona debía ser buena tanto en cuerpo como en espíritu.

Para un hombre de la élite, esto significaba todo un conjunto de disciplinas que debía estudiar y entrenar desde los siete años: retórica, filosofía, música, poesía, gimnasia, preparación militar. Desarrollarse no significaba "buscarse a uno mismo", sino prepararse para la vida pública y sociopolítica, ya que todos los ciudadanos eran responsables de la prosperidad de sus polis. Por lo tanto, también debían saber debatir, entender de asuntos judiciales, de gobierno y, por supuesto, poseer una oratoria insuperable.

Fue precisamente en esta época cuando aparecieron personas a las que hoy fácilmente llamaríamos coaches. Sofistas como Protágoras y Gorgias -conocidos pensadores y oradores de la Antigua Grecia- viajaban de ciudad en ciudad y, a cambio de dinero, enseñaban a jóvenes aristócratas a hablar de tal forma que pudieran vencer en una discusión, convencer a la multitud y construir con éxito una carrera política. No era una "universidad antigua", sino una especie de cursos o clases particulares: si te faltaban carisma y capacidad de persuasión, acudías a un profesional y pagabas por la formación.

Por cierto, en aquella época también nació el conflicto entre el desarrollo interno -la educación de la espiritualidad- y el desarrollo externo: aprender aquello que resulta útil y que en perspectiva traerá beneficios económicos. Las personas de entonces también tenían a menudo que elegir una cosa u otra.

Para las mujeres, sin embargo, este sistema estaba casi cerrado. Excepciones como Aspasia de Mileto -una mujer culta del círculo del gobernante ateniense Pericles, a quien los autores antiguos vinculaban con la cultura retórica y la vida intelectual de Atenas- solo subrayaban la regla. Se consideraba persona en desarrollo, en el pleno sentido de la palabra, ante todo al hombre libre que debía salir al mundo y trabajar por su bien. En cambio, la elección de roles para las mujeres era muy limitada: o sacerdotisa del templo, o esposa. Por eso, su educación también era muy restringida.

Las siete artes liberales, virtudes caballerescas y piedad

Si la Antigüedad apostaba por la vida cívica e intelectual, la Edad Media y el llamado "mundo cristiano" ensalzaban la salvación del alma, lo que significaba que había que aprender, ante todo, disciplina interior y virtud. En lugar de la pregunta "¿qué tan brillante y convincente eres?", que era la que más se planteaba en la Antigüedad, en la Edad Media apareció otra: "¿qué tan correctamente vives?".

Para una persona educada, la base eran las siete artes liberales: primero el trivium -gramática, retórica, lógica- y luego el quadrivium -aritmética, geometría, música y astronomía-. Esto no era simplemente un programa escolar, sino el armazón de la educación. A una persona que no había pasado por esta base se la miraba desde arriba en el entorno intelectual; probablemente se trataba de campesinos pobres.

Pero el desarrollo personal de la Edad Media no se reducía solo a la teoría y a la lectura de libros útiles. Los caballeros -entonces era una profesión completa- tenían su propio conjunto de "mejoras obligatorias": equitación, esgrima, tiro, natación, caza, ajedrez y a veces incluso música y poesía. Al fin y al cabo, un caballero debía ser no solo un combatiente, sino también un representante del Estado y del rey, lo que significaba que debía tener compostura, modales, observar un código de honor, ser piadoso y, al mismo tiempo, saber presentarse correctamente ante la alta sociedad. En otras palabras, una buena espada sin una buena reputación se consideraba insuficientemente afilada.

Para las mujeres, los límites eran mucho más estrictos. Pero si en la Antigua Grecia la elección simplemente era limitada, en la Edad Media, además de las limitaciones, se establecieron "criterios de calidad" altísimos, casi inalcanzables. Así, el desarrollo personal pasaba por la piedad, la gestión del hogar, la reputación, la costura, la lectura de textos de oración y moralizantes -idealmente, una mujer debía conocerlos todos de memoria- y, a veces, la escritura y la literatura, si el origen y las circunstancias lo permitían.

En este contexto resulta especialmente notable la figura de Christine de Pizan, escritora francesa de finales del siglo XIV y principios del XV, una de las primeras mujeres de Europa que vivió del trabajo literario. A comienzos del siglo XV escribió "El libro de la ciudad de las damas" y después "El libro de las tres virtudes": en esencia, una guía sobre cómo una mujer puede conservar la dignidad, la razón y la fuerza interior en un mundo acostumbrado a considerarla débil e inferior. No era un manifiesto que llamara a la independencia, no. Pero precisamente Christine de Pizan fue la primera mujer que habló de la importancia de la mente femenina, cuando en la Edad Media una alta inteligencia en una mujer se consideraba más bien un defecto que una ventaja.

El hombre universal, los modales y las primeras tablas de hábitos

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El Renacimiento y la Ilustración acercaron el desarrollo personal a la forma que hoy ya reconocemos fácilmente. Fue precisamente en esta época cuando la persona dejó de ser simplemente portadora de un rol determinado y se convirtió en un proyecto sobre el que se podía trabajar conscientemente. Surgió el ideal del hombre universal: educado, curioso, disciplinado, capaz de hacer muchas cosas a la vez.

El símbolo más evidente aquí es, por supuesto, Leonardo da Vinci: artista, ingeniero, anatomista e investigador al mismo tiempo. Es decir, una persona para quien el desarrollo no era una especialidad concreta, sino una forma de existir en este mundo.

En esa misma época apareció también una línea de desarrollo más secular: seguía siendo importante ser educado, pero no se podía parecer forzado ni arrogante. Lo formuló con mucha precisión Baldassare Castiglione, diplomático y escritor italiano del siglo XVI, en "El cortesano". Allí aparece el concepto de sprezzatura: el arte de hacer lo difícil como si no te costara nada.

En esencia, es uno de los primeros textos sobre autopresentación, cuyo sentido se reducía a que no basta con estar desarrollado; también es importante no parecer un pedante aburrido que se esfuerza demasiado. Una persona cuyo conocimiento sobresalía demasiado hacia fuera, como ocurría en la Antigüedad, podía considerarse pesada, ridícula o simplemente desagradable. Es decir, ya entonces el desarrollo personal incluía no solo la acumulación de habilidades, sino también la sutileza al presentarlas. En nuestros términos: inteligencia emocional e imagen.

Y en el siglo XVIII aparecieron las primeras "tablas de hábitos", o antepasadas de los checklists: Benjamin Franklin, político, inventor y uno de los padres fundadores de Estados Unidos, elaboró una lista de 13 virtudes. Entre ellas estaban la templanza, el silencio, el orden, la resolución, la frugalidad, la sinceridad, la tranquilidad, etc. Proponía marcar en una tabla el nivel de desarrollo de estas habilidades y los "puntos débiles".

Este enfoque se convirtió en símbolo de un nuevo giro: la actitud hacia el desarrollo personal no como memorización o investigación continua, sino como un trabajo casi de ingeniería sobre uno mismo y sobre la propia personalidad.

Autoayuda, Mechanics' Institutes y emprendedores self-made

En el siglo XIX, el desarrollo personal ya recibió su nombre moderno y empezó a funcionar como ascensor social. Así, en 1859, Samuel Smiles, escritor y publicista escocés, publicó el libro "Self-Help", en el que convirtió el trabajo sobre uno mismo en un programa moral.

Según Smiles, una persona debía cultivar carácter, laboriosidad, resistencia, frugalidad y perseverancia para volverse self-made y ascender a la cima de la sociedad y de la carrera no gracias a su origen, sino gracias al esfuerzo personal. Es decir, si antes el desarrollo estaba estrechamente relacionado con la virtud o la educación general, ahora se entrelazó directamente con el éxito. Una persona útil, según la sociedad del siglo XIX, era quien estudia, trabaja, supera obstáculos y asciende desde abajo.

Fue precisamente en esta época cuando empezaron a aparecer formas más prácticas de desarrollo masivo, sobre todo para hombres de la clase trabajadora y de la clase media baja. Hablamos de los Mechanics' Institutes: instituciones educativas para adultos donde se enseñaban ciencias aplicadas, técnica, dibujo técnico, matemáticas y otras habilidades útiles para la era industrial. Es decir, por primera vez el desarrollo personal empezó a traer masivamente no solo satisfacción interior, sino también dinero bastante tangible. Estudiar se volvió no solo noble y elevado espiritualmente, sino también rentable.

En este periodo apareció también el extremo opuesto, en el espíritu de: "si no te desarrollas, no vales nada". A una persona que no asistía a cursos, no leía libros y no monetizaba sus conocimientos se la veía como perezosa, poco ambiciosa y fracasada. Así, la educación dejó de ser un privilegio de clase y, al hacerse accesible para todos, al mismo tiempo se convirtió en una especie de "accesorio" cuya ausencia provocaba una mirada arrogante y una mueca de desprecio en el interlocutor.

En este sentido, el siglo XIX fue una época sin precedentes: realmente abrió a las capas bajas de la sociedad un camino a través del desarrollo del intelecto y del carácter, pero junto con esto endureció la moral y generó nuevas diferencias sociales, ya no entre clases, sino entre quienes estudian y quienes no estudian.

Del carácter al carisma: el desarrollo personal como industria

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Si el siglo XIX ensalzaba el pragmatismo y los conocimientos técnicos -lo cual también contribuyó a la revolución industrial, y viceversa-, el siglo XX volvió a desplazar el énfasis hacia la capacidad de gustar, convencer y causar impresión.

El punto de inflexión más claro aquí es el libro de Dale Carnegie, escritor y conferenciante estadounidense, "Cómo ganar amigos e influir sobre las personas", publicado por primera vez en 1936. El desarrollo personal empezó a vincularse con la comunicación, la influencia, la simpatía, el arte de conversar, la capacidad de caer bien y de ganar negociaciones, discusiones y conflictos gracias al contacto humano. Carnegie, en esencia, produjo una revolución en el desarrollo personal al devolverlo al marco de la eficacia social.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el panorama volvió a cambiar una vez más. La psicología humanista añadió un nuevo acento: hay que desarrollarse no solo por la carrera y el éxito, sino también por una vida plena y con sentido, y por el bien de toda la civilización humana. Abraham Maslow, psicólogo estadounidense, introdujo la idea de autorrealización: el deseo de realizar las propias capacidades y convertirse en aquello que una persona puede llegar a ser potencialmente.

En este contexto, el desarrollo personal se convirtió definitivamente en una industria: aparecieron libros impresos, seminarios, conferencias, entrenamientos, consejos sobre productividad, confianza y liderazgo.

Para las mujeres, el siglo XX fue especialmente importante porque fue precisamente entonces cuando por fin obtuvieron acceso al mismo desarrollo personal que los hombres habían tenido durante siglos. A ello ayudaron varios procesos a la vez: la lucha por la educación femenina, el movimiento sufragista, los cambios en la legislación laboral y, por supuesto, las guerras, durante las cuales las mujeres ocuparon masivamente puestos de trabajo que antes se consideraban masculinos.

Después de eso se volvió mucho más difícil fingir que el desarrollo femenino debía limitarse únicamente a la buena educación, las habilidades domésticas y el "comportamiento correcto". Virginia Woolf captó con mucha precisión esta nueva demanda en su ensayo "Una habitación propia" de 1929: escribió que, en realidad, una mujer, igual que un hombre, no necesita elogios abstractos, sino dinero y un espacio propio. En otras palabras, en el siglo XX quedó claro que lo que impedía desarrollarse no era la "naturaleza femenina", sino la falta de tiempo, independencia, educación y derechos.

Qué llamamos desarrollo personal hoy

El desarrollo personal moderno no se volvió así por casualidad. En él influyeron varios grandes cambios. En primer lugar, el mercado laboral se volvió mucho menos estable: una profesión para toda la vida ya no está garantizada, lo que significa que la persona debe seguir aprendiendo constantemente, dominar nuevas herramientas y vigilar no quedarse fuera de su profesión.

En segundo lugar, internet y las redes sociales convirtieron los éxitos, habilidades y estilos de vida ajenos en una vitrina infinita para la comparación. En tercer lugar, el lenguaje de la psicología entró en la vida cotidiana: si antes una persona simplemente debía ser disciplinada y útil, ahora se espera de ella también madurez emocional, resiliencia, consciencia y capacidad para "entenderse a sí misma".

De ahí viene el conjunto actual de lo que se considera desarrollo personal. Ya no se trata solo de libros, educación y carrera. Hoy en esa lista suelen entrar idiomas extranjeros, alfabetización digital, oratoria, educación financiera, gestión del tiempo, habilidades de comunicación, inteligencia emocional, trabajo con hábitos, deporte, cuidado de la salud mental, terapia, ampliación de horizontes y, para muchos, también el desarrollo de una marca personal.

En otras palabras, la persona moderna no solo debe saber o saber hacer algo, sino mantenerse constantemente "actualizada" en varias direcciones a la vez.

Precisamente por eso el desarrollo personal actual se siente tan pesado y casi insoportable para muchas personas. Antes, cada época tenía un ideal más o menos claro: orador, caballero, cristiano virtuoso, persona hecha a sí misma. Ahora hay demasiados ideales y encajan mal entre sí. Hay que ser productivo, pero no estar quemado. Ambicioso, pero no tóxico. Seguro de sí mismo, pero reflexivo. Exitoso, pero sereno y "en contacto con uno mismo".

Como resultado, el desarrollo personal se convirtió en un proyecto infinito de mantenimiento de distintos lados de la propia personalidad y de las necesidades del mercado. Y en la amplitud de sus interpretaciones está quizá su principal diferencia respecto a las épocas anteriores. ¿Quién iba a saber que la libertad de elección y el rápido progreso tecnológico le jugarían una broma tan cruel a la personalidad humana?

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